Pedro de Mortisac, enésimo galán de la bailarina y espía, se recluyó en la Cartuja de Miraflores tras la muerte de ésta y murió en la Guerra Civil de la misma manera: fusilado
Los hechos sucedidos la madrugada del 15 de octubre del año 1917, en las afueras de Vincennes (Francia), están envueltos por el manto brumoso de la leyenda. Ese día, un pelotón de fusilamiento compuesto por doce hombres ejecutó a una mujer de 41 años. Su delito: espionaje. Se llamaba Margaretha Geertruida Zelle, pero desde los veinte años había adoptado, merced a su fabulosa imaginación y a unos delirios de grandeza de los que nunca quiso abjurar, el enigmático y sugestivo sobrenombre de Mata-Hari, que en el dialecto de la isla de Java, de donde procedía su madre, significaba ‘Pupila de la Aurora’.
Convertida en mito, esta bailarina exótica, concubina de hombres poderosos, meretriz de lujo e ingenua espía es uno de los personajes más singulares de la primera mitad del siglo XX. Las versiones sobre su muerte, si bien no tantas como sus amantes, son numerosas. Se dice, por ejemplo, que en aquella hora fatídica, revestida únicamente con un abrigo de piel, se insinuó al piquete de hombres que iba a disparar sobre ella dejándolo deslizarse hasta el suelo; se cuenta también que hubo que vendar los ojos a los soldados para evitar que fueran seducidos por la condenada; o que ésta se despidió de ellos lanzándoles un beso lleno de sensualidad en un alarde de histrionismo más propio de una actriz que estuviera recibiendo el aplauso caluroso del público que de una rea a punto de ser ejecutada.

Lo único que parece probado, o así al menos lo recoge la mayoría de sus biógrafos, es que Mata-Hari compareció ante el pelotón de fusilamiento vestida con sus mejores galas, maquillada con esmero y sosegada; que no quiso que la vendaran los ojos; y que en el último momento, sin aspavientos teatrales, lanzó un beso al aire. Un gesto que podría ser interpretado como un adiós tierno a la vida, pero que quizás no tuvo un significado tan trascendente, sino más humano y terrenal. Y es que, según la enésima versión sobre sus últimas horas, entre los testigos que acudieron a la ejecución de Mata-Hari se hallaba uno de sus últimos amantes, un tal Pedro de Mortisac, terrateniente francés que habría compartido pasiones con aquella misteriosa mujer.

No imaginó entonces aquel hombre encaprichado del mito que sus últimas horas se asemejarían mucho a las de su amada con una diferencia en el tiempo de casi veinte años. Mortisac, que era un hombre culto, educado en los jesuitas de Deusto, que hablaba varios idiomas y que había vivido, gracias a su posición social, una vida disoluta y llena de placeres, parece ser que desolado por la desaparición de Mata-Hari, en un arrebato de desesperación, vendió todo su patrimonio: un ‘chateau’ cerca de París, una casa de campo en las inmediaciones de Londres y un lujoso palacete en San Sebastián. Desapareció de Francia para recluirse en España y abrazar la vida monástica. Su primer destino fue la Cartuja de Miraflores, adonde llegó hacia el año 1920.

Notición en burgos. Allí, Mortisac buscó el bálsamo que apaciguara el dolor por la pérdida de su amada a la vez que se encontraba con Dios. Alejado del mundanal ruido, espantando los fantasmas de su pasado, se convirtió en un monje más de la abadía burgalesa. Hasta que en 1931 un avezado periodista, Vicente Sáncez Ocaña, le arrancó de su anonimato. Por aquel entonces, era redactor jefe de la prestigiosa revista ‘Estampa’, donde un burgalés, Eduardo de Ontañón, publicaba sabrosos artículos castellanos.
De Ontañón no sólo era uno de los colaboradores más asiduos de esta publicación, sino uno de los más interesantes. Había empezado a trabajar en la revista en 1928 y sus reportajes costumbristas y etnográficos, llenos de contenido social, se revelaron como una radiografía maravillosa, lúcida e inteligente del alma de esta tierra castellana. Pero fue Sánchez Ocaña quien firmó el amplio e ilustrado reportaje sobre Pedro de Mortisac titulado ‘El amante de Mata-Hari se ha hecho fraile en Burgos’. Y no pasó desapercibido: numerosos periódicos de la época se hicieron eco de la información dentro y fuera de España.

En el artículo puede verse al presunto amante de la espía holandesa con los hábitos de la orden de los cartujos. El periodista burgalés deja claro en todo momento que ni el monje de marras ni ningún otro miembro de la comunidad han confirmado esa identidad, y que todos se han encerrado en el habitual mutismo que distingue a esta orden.

Un parecido final

Poco tiempo después, y quizás para evitar más revuelo, el monje Pedro de Mortisac cambió de monasterio, que no de orden. Su destino fue la abadía de Aula Dei, en Peñaflor, muy cerca de la ciudad de Zaragoza. Allí, entre sus muros y bajo la atenta mirada de numerosas pinturas de Francisco de Goya, vivirá sus últimos días. En 1936, al estallar la Guerra Civil Española, el monasterio es asaltado por milicianos que obligan a los monjes a abandonarlo. Sólo uno se resiste. Es Pedro de Mortisac. Armado con un rifle, trata de defender la ocupación del templo. En vano. Los asaltantes no dudan en ajusticiarlo allí mismo de varios disparos. Cómo iban a sospechar que aquella vida que arrebataban había estado ligada a uno de los personajes más fascinantes de su época. A una mujer que, ironías del destino, había abandonado este mundo diecinueve años antes de la misma forma que aquel monje montaraz: bajo el plomo acerado de las balas. ¿Pensaría en ella en el último momento de su vida?